"Gabriella, se acercó al mostrador y tocó la campanilla de anuncio, pero no obtuvo ninguna respuesta. Desde el fondo del pasillo, una mujer vieja se asomó y la observó con desfachatez. Avergonzada, tomó las escaleras hacia el segundo piso. Mientras subía hacia la habitación de Federico, oyó el rumor de una radio y recordó que durante las últimas semanas no había escuchado ni una sola melodía, ni siquiera la odiosa estridencia con que sus vecinos escandalosos de otros días solían inaugurar las mañanas. Entonces cayó en la cuenta de que había sido esa nostalgia lo que había malogrado su ánimo. Se sintió aún más miserable al sospechar que la soberbia le había impedido anticipar todo lo que ahora se venía. Pero, al escuchar de nuevo ese ronroneo monótono de los locutores que durante las últimas semanas había convertido la respiración de la ciudad en una insoportable letanía, ya no supo qué pensar... Quizás esto no era sino el final de esa pesadilla que había comenzado con la inaudita desaparición de Federico."
Respuestas. Nos pasamos la vida esperando respuestas. Respuestas de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos, de nuestra pareja... Incluso le rogamos a Dios que nos dé las respuestas a nuestras preguntas. Pero no las hay. No las hay porque siempre que encontramos una respuesta al menos una nueva pregunta ocupa su lugar y nos sentimos desvalidos ante nuestra incapacidad de crear un mundo que podamos controlar al 100% sin darnos cuenta de lo aburrida y lo triste que sería nuestra vida si ésta fuera así. Pero nos da igual. Cerramos los ojos, corremos un tupido velo y nos tapamos los oídos ante el temor de que acontezca algo radicalmente distinto a lo que estamos acostumbrados.
Y mientras, la ciudad sigue respirando a nuestro alrededor intentando hacernos pensar que no está viva. Y de vez en cuando nos perdemos por calles que creíamos conocer de cabo a rabo porque en realidad no la conocemos, conocemos sus plazas, sus avenidas, sus aceras y sus farolas pero ella se esconde detrás, se refugia en sus sombras, en sus rincones, en sus balconadas. En sus sótanos y en sus calzadas habita ajena a nosotros y nosotros a ella en dimensiones distintas pero en una realidad común; y nos mira con curiosidad mientras, siempre con prisa, recorremos ansiosos sus calles intentando llegar a un lugar, siempre confundiendo lo urgente con lo importante sin que esto parezca importarnos, dejando atrás nuestra vida y nuestros seres queridos como quien deja atrás un par de zapatos usados, dejando atrás nuestro pasado y nuestro presente huyendo hacia un futuro incierto.
Y mientras, la ciudad sigue respirando a nuestro alrededor intentando hacernos pensar que no está viva. Y de vez en cuando nos perdemos por calles que creíamos conocer de cabo a rabo porque en realidad no la conocemos, conocemos sus plazas, sus avenidas, sus aceras y sus farolas pero ella se esconde detrás, se refugia en sus sombras, en sus rincones, en sus balconadas. En sus sótanos y en sus calzadas habita ajena a nosotros y nosotros a ella en dimensiones distintas pero en una realidad común; y nos mira con curiosidad mientras, siempre con prisa, recorremos ansiosos sus calles intentando llegar a un lugar, siempre confundiendo lo urgente con lo importante sin que esto parezca importarnos, dejando atrás nuestra vida y nuestros seres queridos como quien deja atrás un par de zapatos usados, dejando atrás nuestro pasado y nuestro presente huyendo hacia un futuro incierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario