"Como si temiese aumentar el desorden de la habitación o estropear los objetos, Gabriella caminaba con cuidado por entre los escasos espacios que quedaban aún libres, burlando obstáculos y apoyándose en las paredes. Sus pasos producían un sonido crujiente y amortiguado que se hizo aún más intenso en cuanto cesó la lluvia y amainaron las explosiones.
Resolvió entonces empacar rápidamente las primeras cosas en una pequeña caja de cartón que encontró en el baño. Según lo que había dispuesto -tras la pérdida del contacto y ante la inminencia de la extensión de los ataques-, su intención era recogerlas lo antes posible, llevarlas hasta el apartamento y esperar allí a Federico, donde quizás estarían más seguros que en el centro de la ciudad. Pero esa determinación duró muy poco. Bastó que se detuviera en la selección de algunas prendas para que el afán que llevaba se esfumara por completo: allí, el viejo paraguas que tantos recuerdos le traía y, más allá, la gabardina; cerca del anaquel, los libros, esos fetiches que ambos habían compartido con intensidad; sobre la cama, más fotografías, más imágenes inevitables; junto a la pared, detrás de la grabadora, un misterioso arrume de casetes y de cintas de vídeo; regados por el suelo, manuscritos y recortes de periódico. Objetos, todos, que empezaron a saturar su ánimo de resonancias. Así que se detuvo un poco más en cada cosa; a lo mejor, ese desbarajuste que había dejado Federico en su huida era aparente; a lo mejor había claves que le pudieran llevar a resolver el enigma."
Al leer este nuevo pasaje introductorio se me vienen a la mente los haikus japoneses:
Para el Haijin, dedicar la vida a sentir es la forma de consagrarse al mundo. El cultivo de los sentidos (y no hay otro modo de hacerlo que complaciéndose en la belleza y en la mera existencia de todo en la Naturaleza) es el único norte y razón de ser de un hombre espiritual como el haijín:
Por ello, escriben siempre en un presente continuo narrando lo que ante ellos ocurre para que no se pierda en el olvido.
Así, al leer este texto no puedo evitar dejar de pensar la temporalidad de todo lo que ocurre y que de alguna forma, debemos inmortalizar ese momento único e irrepetible, como hace el haijín. Porque sólo somos eso una hoja que cae, que vino de la oscuridad y volverá a la oscuridad, nació del silencio y se sumirá en el silencio y que por ello, en este breve momento de no-silencio, debemos hacer que nuestras palabras valgan la pena.
1. HAYA, V.: Haiku: La vía de los sentidos. Valencia: Diputación de Valencia, 2005
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