"Aunque resultaba casi imposible caminar por las calles, ahora prácticamente desempedradas, Gabriella -más resignada que decidida- prosiguió su ascenso. Convencida de que había aún esperanzas de encontrar a Federico, se movía con una fuerza increíble.
En tiempos de paz, con ese abrigo raído, que apenas alcanzaba para cubrir a medias su vientre hinchado -y que el soplo de las montañas se empeñaba en abrirle, como queriendo burlarse de su gravidez-, con esa cara demacrada por las secuelas de la mala noche, con ese pelo enredado que evidenciaba la prisa con que había resuelto salir de su apartamento, con esa rodilla maltrecha, cualquiera la habría confundido con una de esas locas...
Arriba, en el puente -al tiempo que intentaba alejar de sí esos moscos diminutos que se empeñaban en seguirla- permaneció unos minutos contemplando las aguas negras que transportaban a cuestas la basura que bajaba de los cerros. Y por primera vez no sintió horror cuando descubrió que una rata mordisqueaba sus zapatos, sino una especie de solidaridad irracional que le sirvió para consolarse.
Cuando al fin arribó al hospedaje, Gabriella fue incapaz de entrar. Se quedó allí, plantada, debajo del arco que servía de paradero de autobuses, tratando de sacar de su rostro el agua que le escurría por las mejillas -acumulada por el efecto sumado del sudor del esfuerzo, de la llovizna que se había desgranado unos minutos antes y de las lágrimas que ya no pudo contener. Al rato, una pareja de gitanos salió del hospedaje. El chirrido que se produjo con el vaivén de la puerta -y que resonó para Gabriella como el llanto de un recién nacido- la indujo a entrar, estremecida por lo que, creyó, era un signo de la proximidad del parto."
El horror ya le ha abandonado, así como el cansancio y las tensiones. Ya ha asumido su destino: tener un hijo. Y aunque se queda ahí, plantada, incapaz de entrar al hospedaje, sabe que no hay vuelta atrás, que hace mucho que no había vuelta atrás y contempla la puerta con miedo mientras siente que la hora de dar a luz está cerca.
E intenta alejar sus miedos, e intenta hacer de tripas corazón, pero el presente puede más y el futuro se agolpa a sus puertas llamando con decisión. Porque podemos huir de nuestra vida, de nuestro presente; podemos intentar vivir de nuestro pasado, pero llega un momento en que la realidad se nos echa encima y parece darnos dos bofetadas, como para despertarnos de nuestro letargo, e intentamos hundir la cabeza aún más, como si esto fuera posible, que a veces lo es, hasta que nos damos cuenta que hay un mundo esperándonos afuera, que no es tan maligno, ni tan benigno, simplemente es y tal vez la pregunta que deberíamos hacernos es si queremos tener un lugar, no en esa sociedad, sino en ese mundo.
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