"Una fulguración intensa, como un relámpago, iluminó inesperadamente la alcoba. En seguida se escuchó una detonación muy fuerte. Gabriella se acercó a la puerta y con temor la entreabrió. No se veía nada en el corredor. Avanzó con cuidado hacia a la escalera. El silencio que se instaló de pronto en toda la casa la indujo a pensar de nuevo en esa extraña y simultánea cercanía de la vida y de la muerte que ahora la mantenía tan excitada. La casera no se veía por ningún lado, tal vez ya había abandonado el lugar como todos (no había pensado en eso) y entonces quizás ella estaba ahora sola. O tal vez la mujer se había refugiado en su propio cuarto y a lo mejor también empacaba las pocas cosas que podría llevar a otro lado. Quizás, como ella, se detenía en el contacto con los objetos, viviendo de nuevo el pasado que trasmitían sus resonancias. Tal vez también la dominaban los recuerdos o lloraba la inexplicable ausencia de algún ser querido..."
Siempre incertidumbre. Detonaciones a nuestro alrededor que nos hacen replantearnos nuestros principios o escabullirnos de lo que nos rodea en busca de un poco de tranquilidad. Pero al final, no la hay. Los relámpagos nos ciegan y los truenos nos ensordecen porque la paz, en caso de que esta exista, está en nuestro interior. Y por mucha paz que reine en el exterior si nosotros no estamos en consonancia, de poco nos sirve.
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